martes, 2 de enero de 2018

Épica, cómica, trágica: lucha libre en el audiovisual ecuatoriano



A finales de la década de los ochenta, no tenía la edad suficiente para ver Titanes en el ring por la televisión, aunque sí veía la animación basada en personajes de la entonces WWF de Estados Unidos, con Hulk Hogan a la cabeza, y siempre pude identificar a ‘Macho Man’ Randy Savage. Por ello, cuando la cineasta Viviana Cordero estrenó la película Un titán en el ring, en la que el cachascán, como le llaman a la lucha libre en Latinoamérica, era una excusa para contar una historia de una noche que cambió la vida de un pueblo entero, había que verla.






Cachascán proviene de la frase inglesa “catch as can”, que traducida sonaría a “toma como puedas”, y que es utilizada para referirse a la lucha libre con la intención de diferenciarla del estilo grecorromano. Nunca pude —por una u otra razón— ver la película de Cordero. Desde los años tempranos de la década pasada, siempre estuvo RTS con sus transmisiones semanales, los domingos, de la aún WWF, en especial el programa Raw is War, con dos de los personajes más grandes que ha dado la lucha estadounidense en la era contemporánea aún en actividad, The Rock y Triple H, con el acompañamiento de dos voces latinas, una de ellas la del guayaquileño Hugo Savinovich y su famoso “Atángana”. 

Tampoco se puede olvidar el “¡por poquito!” del mismo locutor, luego devenido en promotor de eventos de lucha en Ecuador y reconocido como el pastor de los fanáticos de la lucha y de los luchadores, por su trabajo como predicador. Por eso no era raro el surgimiento de WAR (Wrestling, Alliance, Revolution/Lucha, Alianza, Revolución), la empresa más importante de Ecuador en este tipo de espectáculos, y claro, de un documental, para nada copiado de Beyond the Mat, titulado apropiadamente La Rompecuellos.

 Lastimosamente, al presenciar una función reciente, de las 18:40, en un cine de Guayaquil, yo era la única persona en la sala. Ahora los medios ecuatorianos hablan de Max Viper, un rockero de aproximadamente 30 años, padre de una hija, y un luchador que lleva un régimen de vida muy estricto para triunfar en el ring. Max Viper quedó campeón del torneo Rey de Reyes que le mereció como premio participar en una lucha hardcore de un evento especial de la Lucha Libre AAA, contra el mexicano Joe Líder, pero antes los reportajes sobre el cachascán en el país eran una novedad. Y es que La Rompecuellos demuestra que si en Norteamérica, pensando en la WWE, tienen A Seth Rollins, John Cena, Kane, Roman Reigns o Dean Ambrose, Ecuador tiene a Hades, Súper Nobita, Ricky Glamour, Max Viper y Ángel Enmascarado. Hay ciertos parecidos, según se ve en el documental apoyado por el CNCine y dirigido por Daniel F. Benavides, en los espectáculos que plantean los luchadores nacionales en Quito con lo que se ve en la WWE, pero los atletas y adictos a su deporte, como ellos se reconocen, también piensan en la lucha libre que se practica en México y en Japón. Hay teatro en la lucha libre, también mucho dolor y sufrimiento para sus practicantes, y es en realidad la audiencia la que decide si el espectáculo que proponen los luchadores vale la pena o no.

Lo peor que puede pasar es que el público no reaccione. Los antecedentes Para que el cachascán o lucha libre se estableciera hasta el nivel que lo ha hecho en Ecuador, debieron pasar décadas. En especial desde finales de los ochenta, cuando el show televisivo argentino Titanes en el ring alcanzaba altos índices de rating locales. ¿Qué niño después de ver a La Momia o a Martín Karadagián, creador y director de Titanes en el ring, no pensaba que ese era el trabajo más fácil y divertido del mundo, que de hecho quería ser un luchador? Luego, viendo la lucha libre mexicana, la WWF que por motivos legales se convirtió en la WWE, y algunos otros espectáculos en ‘pague por ver’ o en vivo con estrellas de una u otra federación internacional de lucha, la pasión por el deporte-espectáculo se avivaba más. Luego, con los VCD, DVD e Internet, ya los que quisieran practicar lucha podían empezar a formarse empíricamente y, con el entrenamiento diario en el ring, perfeccionar su arte. → Pasaron décadas hasta que el cachascán o lucha libre se estableciera como lo ha hecho en Ecuador. 

En espacial desde los ochenta, cuando Titanes en el ring llegaba a altos índices de rating. Tras de ver a La Momia o a Martín Karadagián, ¿qué niño no pensaba que ese era el trabajo más divertido y fácil del mundo, y que de hecho quería ser un luchador? Al mismo tiempo en el mundo, ya desde inicios del siglo XX, la lucha libre estaba impregnada en la cultura americana, de todo el continente, por su presencia fuerte en el audiovisual, sea televisión o cine, con Santo: El Enmascarado de Plata, Blue Demon, Ready to Rumble, Mucha Lucha, El Tigre: The Adventures of Manny Rivera. En Ecuador, este género audiovisual tan peculiar, que permite rangos y escenarios histriónicos tan ricos y recargados, tenía que llegar a la ficción audiovisual. Lo hizo con Un titán en el ring de Viviana Cordero, película que tardó 12 años en rodarse desde la escritura de su guión y que fue mucho mejor recibida en el extranjero que en el país, y con Lucho Libre, una corta comedia de la televisora Ecuavisa con el actor Martín Calle a la cabeza del reparto.

El problema con estas dos producciones fue que talvez se adelantaron a su tiempo: Un titán en el ring, porque aparece en el resurgimiento del cine ecuatoriano liderado por Ratas, ratones y rateros, y precedido por La Tigra, cuando en la realidad el cachascán como deporte espectáculo estaba muy en pañales y el referente más fuerte era la ahora WWE; por su parte, Lucho Libre, debido que a precisamente la lucha libre, que puede ser tanto épica, dramática, cómica, trágica como melodramática, no supo encasillarse, desde sus libretos, en un solo género de la ficción televisiva. En los pocos episodios que tuvo se volvió convulsa y confusa. 

Con esos intentos de utilizar al cachascán como pilar de la narrativa audiovisual en producciones de cine y televisión, se veía difícil que la práctica del deporte espectáculo sobresaliera, pero no fue así. El ahora Personajes como Max Viper, Hades y Ricky Glamour demuestran, como se ve en el documental La Rompecuellos, que se puede ser un ser humano que lleva una vida personal, profesional y familiar normal, y a la vez ser un luchador en busca de los aplausos y que soporta extremos dolores para premiar al público cautivo con espectáculos de primera. Pueden volar, en el sentido figurado, escaleras, mesas, sillas, latas por el ring, sin embargo lo que más importa es la preparación y el entrenamiento que los luchadores realizan a diario antes de meterse en sus personajes.

La persistencia de la práctica del cachascán en la sierra aviva a un público ávido de vitorear o abuchear a villanos y héroes del ring. Sea en una arena o en un ring construido al aire libre, los luchadores siempre tienen que dar todo, incluso cuidar mucho sus cuerpos de los posibles vicios para lucir como luchadores. La preocupación de que la lucha libre no le da nada al que la practica es motivo común para causar renuncias y disminución en los elencos locales de cachascán, lo que no impide que los luchadores más comprometidos y los empresarios sigan generando torneos como el Rey de Reyes, que coronó campeón a Max Viper, luego de una lucha de vale todo y sin eliminación por alcanzar una maleta colgada en las vigas sobre el ring, contra Hades.

Lo deja muy en claro el luchador ecuatoriano Hades, uno de los protagonistas del documental La Rompecuellos. Hades ya ha luchado también en Perú y Brasil. Sin embargo, lo importante del filme nacional es que recuerda que el histrionismo de la lucha libre cala hondo. Este último personaje, por sus más de quince años de experiencia, se convirtió en el responsable de la escuela de entrenamiento de WAR, donde los personajes y libretos son creados por Hugo Savinovich, ex narrador de la WWE, y se generó un programa por Canela TV, que transmitía la programación los sábados, desde las 20:00 y el reprise, los domingos, a partir de las 09:30. Las carteleras normales de WAR se realizan cada quince días, con un promedio de veinte al año. Hay histrionismo, hay teatralidad, y como dice Max Viper en La Rompecuellos, presentando una de sus heridas a la cámara, a la lucha libre se la respeta y también se la sufre. Los golpes, sean con manos o pies, rodillas o codos, sillas o mesas, escaleras o luces de neón, son reales, las heridas y el dolor también.

La única manera de minimizar los daños a la salud y los cuerpos de los luchadores es con el entrenamiento que constantemente reciben. No se trata tampoco de que los personajes sean representados o que finjan sentir dolor, sino que sean vividos por sus contrapartes civiles, la idea es conocer bien al personaje y, al momento de pelear, convertirse en él.   El documental La Rompecuellos se estrenó el 2 de octubre de 2015 con varios premios alcanzados: Fondo para la Promoción y Estreno CNCine (2015); Fondo para la Producción de Largometraje Documental CNCine (2010); y Doc Andino (DocBsAs Latinside of the doc).

 Ya ha sido seleccionado como parte de la comisión ecuatoriana para el Festival Internacional de Cine de Guadalajara, México. Rodado con apenas $ 27 mil de presupuesto, el documental demuestra la pasión por este deporte del cual el director se declara fanático, así como la admiración que siente por estos luchadores. La cinta apuesta por que el público descubra lo que implica practicar la lucha libre, donde no es todo un show de actuación por  parte de luchadores, sino que requiere mucha dedicación y entrenamiento. Solo se ve completa la única pelea que Max Viper tuvo en México, el resto queda para que el espectador lo complete luego de haber visto un documental que, por supuesto, incluyó edición de tomas. Es interesante ver cómo se denomina a México la ‘Tierra Santa de la Lucha Libre’, cuando también se menciona que Súper Nobita —el más joven de los personajes del documental— tiene más interés por irse a luchar a Japón. Las tomas, escenas y secuencias en espacios recónditos o reducidos, como una cancha de fútbol o un gimnasio de barrio, generan una peculiar empatía del espectador hacia los cinco hombres y dos mujeres que se reúnen los fines de semana para reconocer estilos, perfeccionar sus personajes y brindar shows. 

Es difícil ver cómo Hades o Ricky Glamour tratan de desnudar su alma y su corazón ante una cámara y no vitorear por ellos para que alcancen su sueño de internacionalizarse. El futuro audiovisual La recomendación principal es sencilla, hay que seguir con la labor de WAR especialmente en lo que al espectáculo televisivo se refiere. Se espera que, así como en su momento Un titán en el ring, en la ficción, y Titanes en el ring, en la televisión, marcaron momentos para trabajar con el drama y el show que es la lucha libre tanto para los luchadores como el público, La Rompecuellos, que es una recopilación del backstage de varios luchadores nacionales, inspire a trabajar más con este deporte espectáculo.

La idea es que se deje de tildar de chiquillada o de contenido nocivo a la lucha libre y que más bien se aproveche su riqueza argumental para contar una buena historia. Ecuador ya merece una cultura de lucha libre tan rica como la de México, no solo ser un consumidor. Aún se pueden ver en televisión abierta, ahora los sábados por la noche, los campeonatos RAW y Smackdown de la WWE, a los que los luchadores ecuatorianos no tienen por qué envidiarles algo o querer emularlos. Si se pudo evolucionar en la práctica del deporte espectáculo de las maniobras de judo a modificaciones que hacen más espectaculares las llaves, también se puede evolucionar a una lucha libre en audiovisual que cautive y atrape con sus actuaciones y estructura narrativa. No hay que temer a la posibilidad de contar historias de héroes y villanos con llaves y máscaras. (F)

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